Entusiasmo irracional y rechazo frontal (más de lo primero que de lo segundo) es lo que está cosechando el 44º presidente de los Estados Unidos. Hay quienes han puesto unas esperanzas desmedidas en Barack Obama, quizás justificadas como reacción a uno de los presidentes con menores índices de popularidad de la historia de aquel país. La obamanía ha impregnado a gran parte de los norteamericanos pero también, al más puro estilo provinciano, esta ola ha llegado casi con más fuerza a Europa y, cómo no, a nuestro país, donde somos capaces de batirnos el cobre por defender al afroamericano pero nos importa un huevo de ornitorrinco que, por ejemplo, haya lugares donde no se pueda estudiar en castellano. España, país de contrastes.
Luego nos encontramos también con una parte de la sociedad que rechaza de plano a Obama, acusándolo de ser sólo un producto del marketing y la comunicación. Son los de la manía a Obama. No veo qué tiene de malo saber usar bien estas herramientas y, en este caso, tanto él como su grupo de asesores lo han hecho magistralmente, sabiendo emplear internet como un elemento clave de participación y movilización masiva. Obama tiene un estilo propio y creo y confío en que podrá ser un buen presidente. No obstante, es cierto que durante la campaña, sus ideas concretas han podido quedar ocultas por la parafernalia y por la puesta en escena de unos valores clave que iban más allá de las medidas concretas de un programa electoral.
El discurso del 20 de enero y las declaraciones como presidente, sinceramente, no tienen mala pinta. Obama demostró con un discurso más pegado al terreno, más responsable y menos utópico, que es inteligente y que sabe que ahora que es presidente, toca afrontar las cosas de otra manera. Salvo por cierta indefinición en cuanto a la política económica y el tufillo a proteccionismo estilo Bush, Su defensa cerrada de Israel, su patriotismo y la llamada de atención y demostración de fuerza a los enemigos de la civilización occidental, dejan claro que, afortunadamente, no es el Zapatero de América, como algunos proclamaban y que, desgraciadamente, Zapatero no es el Obama de España.










