¿Eutanasia?, sí pero con garantías

Este fin de semana saltaba la noticia en El País como respuesta a lo que ya aconteciera en junio en el Congreso del PSOE en materia de eutanasia. Se trata de un debate muy serio y que requiere un amplio consenso para que desemboque en un cuerpo legal que satisfaga a una amplia mayoría de los ciudadanos. Para abordarlo como se merece, el ministro Soria debería dejar al margen declaraciones como "el cuerpo es tuyo. Eso es socialista". El socialismo, tradicionalmente, no ha sido el garante de los derechos individuales, sino que ha supeditado éstos a un supuesto interés colectivo. Pero como digo, hay que evitar que el debate vaya por las ramas en lugar de que discurra por el tronco del asunto, que es el de si nuestra sociedad está preparada para que la persona, en tanto que individuo, decida sobre la más trascendental de las cuestiones vitales: la muerte.

La sociedad, con carácter general, no ve con malos ojos que un paciente abandone voluntariamente un tratamiento si se trata de una enfermedad terminal y esos fármacos o procedimientos médicos lo único que están haciendo es alargar una lenta agonía. No obstante, lo que pretende regular el Gobierno es que una persona ponga fin a su vida de manera voluntaria, mediante la administración de una serie de fármacos. No se trata, como se dice desde el PP por boca de González Pons de "liquidar al personal con cargo a la Seguridad Social" (¡bravo por tu tacto, Esteban!), o al menos, no debería tratarse de eso.

Hay que garantizar que, en cada caso, se estudiará la posibilidad del suicidio asistido siempre y cuando concurran de manera conjunta e indisoluble tres condiciones. La primera, que se trate de una enfermedad plenamente irreversible y cuya agonía y muerte resulten dolorosas para el paciente. En segundo lugar, debe contarse con el visto bueno de otros facultativos ajenos al caso. Y por último, y definitivamente lo más importante, el sujeto debe ser plenamente consciente de su decisión y deberá evaluarse que la decisión es tomada en pleno uso de sus facultades y sin estar coaccionado o influenciado, directa o indirectamente, por sus familiares o allegados. Además, habría que permitir que aquellos médicos que así lo desearan por razones de conciencia, quedaran al margen de estos casos.

Así, y sólo así, se puede dar un sí a la regulación de la eutanasia en nuestro país. No se puede permitir que una ley sobre el suicidio asistido termine siendo un coladero como lo es la actual ley del aborto, que está bien como está, pero que hace falta que verdaderamente se cumpla. Pero, en el caso de la eutanasia, el debate no se plantea en términos de cuándo hay vida y a partir de qué momento, sino que estaríamos hablando de que la decisión fuese plenamente voluntaria o se encontrase viciada, en cuyo caso estaríamos asesinando de manera inducida a una persona.